El camarero me sirvió la última copa, hacía más de una hora que el establecimiento debía haber cerrado, no obstante y gracias a que gasto casi mi sueldo entero en el negocio, de vez en cuando se ven obligados a soportarme. –“Así es el dinero”-, me digo mientras acerco el vidrio a mis labios, -“Menuda mierda”- vuelvo a pensar, esta vez según dejo la copa en la mesa, la soledad me empuja a hacer estas cosas. En cuanto salga de aquí nadie me estará esperando, nadie me habrá preparado la cena, a nadie le importará si salgo o entro, si vivo o muero. Al menos esta noche, cuando los camareros lleguen a sus casas y comenten con sus novias, mujeres o madres que tuvieron que esperar a que terminara mi consumición, al menos por esta noche, alguien pensarán en mi.
Por esta noche
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Uno más.
Atrapado en un mar de asfalto, sitiado por bloques de edificios de hormigón y cristal, confinado en un despacho, o tras un mostrador, o conduciendo un vehículo industrial, pasan mis días.
Mañana tras mañana, sujeto con firmeza el pesado yugo que la sociedad me ha impuesto, nada más levantarme en mi cabeza resuenan las palabras que desde niño me repitieron con vehemencia impenitente. “Debes, tienes, debes, tienes, debes, tienes,….”
Debo llegar al trabajo a mi hora, tengo que cumplir con mis obligaciones, debo ser amable, tengo que mejorar mi status social, debo respetar a mi jefe, tengo que preocuparme por mis clientes.
La noche difumina los estigmas de la horrenda sociedad, las absurdas banderas, las ridículas fuentes, los exclusivos edificios de los privilegiados, la simbología del poder, los billetes, los hospitales, la naturaleza embotellada de los jardines, la mirada perdida de los que nada poseen.
Depresión, marginación, insatisfacción, frustración, asmas y alergias conviven en lo que durante siglos hemos ido moldeando, diseñando, perfeccionando, en eso que hoy llamamos sociedad.
Sin duda los años han hecho imperceptibles las pleitesías que pagamos por nuestra inteligencia, por nuestra supremacía respecto de otras especies que comparten esta ínfima parte del universo, no obstante a veces, cuando no puedo dormir, veo mis ajadas hastiadas de tolerar tantas normas, tantas prohibiciones, tantos debos, tantos tengo.
Pronto sonará el despertador y la luz del día hará, que al salir a la calle sea, simplemente, uno más.
Feliz Navidad
Desde el centro comercial, rodeado de templos de consumo, alegremente decorados, celebro la Navidad. Hago intensivo uso de mis medios de pago para colmar a mis seres queridos de presentes, cuanto más caro mejor, mucho mejor apreciarán mi amor, mi cariño, lo mucho que les quiero.
Desde el restaurante ingiero con gula sabrosos mariscos, que me recuerdan que hace dos mil años viniste a este mundo para morir por nosotros, brindo con un maravilloso champán, brindo por tu nacimiento.
Desde el púlpito, cuajado de obras de arte de incalculable valor, tocas mi corazón pidiendo nuestra ayuda para comprar un nuevo misterio, o para decorar con más pomposidad, nuestra ya pomposa iglesia.
Desde que naciste en tu humilde hogar, desde que moriste en la inhumana cruz, desde entonces, siento que algo falló, o tal vez no.
Feliz Navidad.
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Aquel día
La puerta de casa se cerró, en medio del imponente salón, me esperaba mi mujer. Su sonrisa me inspiró, cansancio, soledad, incomprensión, vacío, tristeza, infelicidad. A su lado mis tres hijos, junto a sus mujeres y mis nietos, aplaudían con cierta sobriedad, guardando las formas, sin transmitir ningún sentimiento, como si tuvieran que seguir un estricto protocolo.
Francamente no esperaba semejante recibimiento, para mi era el día más triste de mi vida, no estaba para festejos, ni para aguantar las estupideces de mis nueras, ni de mis consentidos e inútiles hijos, ni mucho menos para juguetear con mis mal educados nietos. Sin embargo, y con esfuerzo, hice un gesto de agradecimiento a quienes habían tenido el detalle de rendirme aquel homenaje.
Con nostalgia revisé uno por uno a los que se suponía eran mis seres queridos, no obstante poco o nada recordaba de su infancia o de su adolescencia, no sabía si habían pasado tal o cual enfermedad o si alguna chica les habían roto el corazón. Sólo recuerdo sus fracasos, esos si los recuerdo con precisa exactitud. Veo a Marcos el mayor, dejó los estudios, quiso montar un pequeño bar en una zona de playa, me pidió dinero para hacerlo, desde luego no se lo presté, desde aquel día dejó de hablarme. El mediano se llama Carlos, el alcohol acabó con su prometedora carrera de cirujano, se casó con una asistenta social, viven en un barrio en el que hay que entrar escoltado por la policía. Por último mi hijo pequeño, Antonio, estudiante mediocre, eso si con una fuerza de voluntad inquebrantable, trabaja en una empresa de ingeniería, ocupa un puesto intermedio, nunca llegará a la cima, pero al menos no ha terminado de barrendero como el mayor.
De mis nueras prefiero no hablar, me producen nauseas, son seres inconsistentes, zafios, incultos, me conformaría con que fueran mediocres, pero por desgracia no llegan ni tan siquiera a eso.
Por última vez en mi vida, dejé la cartera a la interna, una cartera que nunca más volvería a portar, me senté en la silla central de la mesa del comedor y recibí un regalo, debía ser como premio a mis más de treinta años de trabajo. Con poco ánimo retiré el papel, no obstante, por un momento incluso me emocioné, esperando algún objeto que despertara mi interés, pero una vez la decepción triunfó por goleada, una triste placa, en la que aquellas sanguijuelas querían inmortalizar mi exclusión forzada del mundo laboral.
Tras una buena cena, las cosas hay que reconocerlas, descorché una botella del mejor champán que tenía, todavía me pregunto porqué cometí semejante estupidez, pero ahora que estaba jubilado podía permitirme todas las estupideces que me vinieran en gana. Por fin el momento de las despedidas y por último mi mujer, en un ataque de locura temporal, hizo intención de acostarse conmigo, a lo que me negué en rotundo, ¡hacía años que no la tocaba, y ahora me viene con estas, que se vaya con su amante o con quien quiera y me deje en paz!
Al día siguiente, la casa estaba en silencio, un silencio agradable, reconfortante, un silencio que pronto se vio roto por mi esposa, sugiriendo ir a casa de Marcos, a cuidar del niño, el plan me espantó y la sugerí que fuera ella, lo único que necesitaba era apreciar el silencio, disfrutar de mi soledad, separarme de todos, alejarlos de mi lado, sólo que ahora no tenía un trabajo que me permitiera hacerlo. En ese instante con horror comprendí lo que significaba para mi la jubilación.
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El Minotauro
Apenas acaba de anochecer, las farolas esbeltas, elegantes, iluminan con orgullo, las despobladas calles, el silencio inunda con generosidad los rincones de la cuidad, mientras yo, perdido en el laberinto de hormigón y asfalto, huyo de mi particular minotauro.
Puedo sentir su presencia, su baboso aliento me hace temblar de terror, desesperado busco refugio en algún sórdido tugurio. Mi mente, bloqueada por el pánico, dirige mis pasos erráticamente, y de forma atropellada cruzo el umbral de unas llamativas puertas azules y blancas. La música, atronadora, retumba en mis tímpanos, una profunda sensación de seguridad embriaga los sentidos, el ritmo cardíaco vuelve a la normalidad, mis manos ya no tiemblan, respiro profundamente y me dirijo con tranquilidad hacia la barra.
Allí una hermosa Ariadna, ofrecía por doquier sus puntas de hilos, a los cientos de Teseos que vagábamos por el laberinto que Dédalo maquiavélicamente construyó. Copa tras copa me deleité con sus encantos, copa tras copa entablé conversación con otros, que como yo, habían sido entregados como tributo a Creta. Hastiado decidí plantarle cara y acabar con la bestia.
Tambaleante recorrí los escasos diez o doce metros a los que se encontraba la salida, con valentía abrí las puertas con toda la contundencia de la que fui capaz y con el abrigo a medio poner me coloqué en mitad de la calle. Mis hombros estaban descuadrados, las piernas apenas podían sujetarme, todo el escenario daba vueltas incontroladamente, era una presa demasiado fácil, consciente que en esas condiciones poco podría hacer, ingresé, resignado, en otro refugio, en el que otra Ariadna velaría por mi seguridad.
Apenas acaba de anochecer, el minotauro me acecha, su nauseabundo olor está por todas partes, el pavor atrofia mi mente, de nuevo consigo escapar, Ariadna espantará mis miedos copa, tras copa, copa tras copa.
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La Desconocida
Acababa de salir de trabajar y un compañero me invitó a tomar algo, en un bonito establecimiento en el que no éramos precisamente unos desconocidos. Todo transcurría siguiendo el invisible, pero férreo guión, establecido por la rutina, hasta que una voz, a la que en un principio no pude poner cara, gritó mi nombre.
Instintivamente mis ojos buscaron a quien me llamaba, una mujer, en el extremo de la barra, agitaba sus manos, su sonrisa evidenciaba su satisfacción ante aquel inesperado encuentro. Yo, sinceramente, hacía inhumanos esfuerzos por reconocer aquella cara llena de exultante felicidad, y con las precauciones debidas, me fui acercando a ella lentamente.
Al llegar a su altura, ella se lanzó a mis brazos, dándome un fortísimo abrazo y besándome las mejillas de manera sonora, casi estridente. Temiendo el ridículo, yo respondí con similar empeño, hasta que, sin la menor intención por mi parte, sus labios y los míos se encontraron, y para mi desgracia, en lugar de apartarse pudorosos, repitieron el encuentro, pero esta vez con calma, con serenidad, olvidando por completo lo fugaz del su primer e inopinado primer contacto.
Mi cabeza trataba inútilmente de identificar a mi fogosa compañera, mas en vano eran mis esfuerzos, repasé mentalmente antiguas compañeras del colegio, de la universidad, de anteriores empresas, lejanas novietas, o ligues de amigos y conocidos, sin llegar a una conclusión definitiva, claro que tampoco ayudaba mucho, el que su lengua insistiese en entablar una especie de batalla posicional contra la mía, que si ahora en mi boca, ahora en la tuya.
Desconozco cuanto tiempo permanecimos en esa posición, que pienso alargamos debido al miedo atroz que ambos sentíamos a lo que después pudiera ocurrir, o al menos eso es lo que yo creía. Con indescriptible dulzura ella repasó el espacio entre mis dientes y mis labios y muy lentamente separó sus labios de los míos, que nada conformes con la decisión se aferraron a sus pares con todas sus fuerzas, hasta que dolorosamente se vieron privados de su excitante compañía.
Su cara quedó frente a la mía, sus ojos estaban tan cerca de los míos que podía verme reflejado en ellos, su corazón palpitaba con fuerza, sus mejillas estaban enrojecidas y sus manos temblaban apoyadas en mis caderas. Justo cuando se disponía a hablar, mi mano se posó en sus preciosos labios, en inequívoco gesto de mantener el silencio. Nada en ese momento debía romper la magia, el erotismo, la sensualidad más provocadora que invadía mis sentidos, nada. Ella besó con ternura mi dedo inquisidor y como quien manda sus tropas a una muerte segura, hice un último y denodado esfuerzo por desvelar el misterio de la identidad de aquella dama.
Una lágrima cayó de sus ojos, mi corazón se estremeció, intenté volver a besarla, necesitaba tiempo, sin embargo ella se apartó, sus labios pronunciaron lo único que no quería escuchar, intenté volver a hacerla callar, pero su mano frenó en seco a la mía y me dijo:
-“Llevo años, muchos años soñando con este momento, con besarte, con abrazarte, con tenerte, con que seas mío. Nunca me atreví a decirte lo que sentía por ti, si alguna vez estuve decidida a confesarte mi amor, te encontraba con alguna de las muchas zorritas con las que solías salir. No puedes imaginar las noches que pasado llorando porque tu ni tan siquiera me mirabas, porque para ti yo no existía, y hoy, después de tantos años te veo, me besas, y ni tan siquiera sabes quien soy.”- Dijo entre sollozos.
Completamente sobrepasado por la situación, abochornado como nunca en la vida lo había estado, un nombre salió por mi boca de modo totalmente fortuito. Ella puso su dedo índice en mitad de mis labios y me susurró al oído –“Déjalo, mi amor, déjalo, recordaré este encuentro como lo mejor que me ha pasado en la vida, y prefiero seguir siendo una perfecta anónima para ti.”- Sus labios se unieron a los míos, empastando en una sinfonía triste y conmovedora, me miró, sonrió y sin volver la vista atrás pagó la cuenta y se marchó.
Jamás volví a verla, hablé con amigos, traté de averiguar de quien se trataba, mas su identificación resultó del todo imposible. Desde aquel día paso las noches en blanco sentado en un sillón mirando una televisión apagada, llorando por ella, suspirando por besarla, por abrazarla, por hacerla mía, supongo que si lo buscaba era venganza lo había conseguido, no obstante, y por si lo que buscaba era amor, acudo con regularidad kantiana al mismo lugar, con la vana esperanza de que alguien grite mi nombre al final de la barra.
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La verdad.
Escondida en una esquina espero a que salgas del portal, son las ocho de la mañana de un lluvioso día de abril. Llevo un mes sin dormir, necesito pruebas, necesito saber la verdad, las dudas, las sospechas me están matando, la certeza me espera y yo la ansío con toda mi alma.
Te suena el teléfono, yo, paro en seco mi marcha para no ser descubierta, hablas, sonríes y continuas tu camino. “Seguro que es ella”, pienso mientras mis ojos se clavan en tu espalda, estoy harta de llamadas secretas, de reuniones que se alargan hasta la medianoche, de viajes inesperados, de cargos inexplicables, de regalos para no se sabe quien. Entras en el bar, me refugio en el toldo de un hotel cercano, una hermosa mujer se acerca a ti, te besa, se sienta contigo, ella saca un bonita caja y te la entrega, la abrazas con fuerza, la besas, tu cara resplandece como nunca lo hizo conmigo, ni tan siquiera la primera vez que me entregué a ti. Los celos, ese horrible sentimiento que jamás pensé padecer, se apoderan de mi, unos celos destructivos, vengadores, retorcidos, superlativos.
“Disculpe señora esta usted alojada en el hotel”, me susurra una joven voz vestida con un ridículo uniforme de botones, me giro, un fornido mozalbete de no más de veinte años me sonríe. “Pues verás ahora mismo iba a reservar una habitación”, le digo con una pícara sonrisa, “Adelante”, me dice él, abriendo el portalón del hotel de par en par. La imponente recepción se presenta ante mi, como si de las mismas puertas del cielo se tratase, hago la reserva y le pido al chaval para que me muestre la habitación. Nada más traspasar el umbral de la puerta, me abalanzo sobre él, su cara de sorpresa, se torna en lujuriosa mirada, e incansable me cabalga una y otra vez.
Le despido, me ducho y satisfecha vuelvo a casa. Las llaves resuenan en la cerradura, son las nueve de la noche, el dulzor de la venganza aun rezuma en mi boca, mis ojos brillan de satisfacción, mi cuerpo aun se estremece de placer. Burlón te acercas, te arrodillas ante mi, apenas te miro, de repente con expresión de sumisión agachas la cabeza y estiras las dos manos, ofreciéndome la misma cajita que aquella perra te había dado. Mi corazón se dispara, estoy completamente paralizada, -“¡¡¡Mujer ábrela!!!- me gritas sonriente. Temblorosa me hago con ella, pulso un pequeño dispositivo y la cajita se abre, dentro unas llaves. –“Llevo más de un mes negociando con la dueña del apartamento que tango te gustó en la playa, ¡lo hemos comprado!, ¿qué te parece, estás contenta?”-, no sé que hacer, no sé que decir, mi garganta está completamente seca y un tremendo amargor comienza a subir desde el estómago hasta mi lengua. -“Sabía que te iba a dejar sin habla, pero vamos mujer, un beso, un salto de alegría, algo, ¿qué te pasa?”-. Fingí desde aquel día, mi búsqueda de la verdad, convirtió mi existencia en una mentira constante, al menos tú sigues siendo tan feliz, ese, es mi único consuelo.
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Mis manos.
Miro mis manos, limpias, delicadas, suaves. Mis dedos, finos y alargados, lucen unas cuidadas uñas, teñidas de esmalte rojo bermellón. Su belleza es innegable, me digo, mientras las yemas de mis dedos acarician los muchos anillos que decoran ambas extremidades.
Con satisfacción reparo en mis preciosos zapatos, penetrantes tacones y afilada puntera, remate perfecto de unas piernas torneadas, embutidas en medias de seda, blanco de miradas indiscretas, objetos de deseo.
Especial esmero requiere, el cuidado de mi espectacular cabellera de color azabache, con dulzura se mece entre el cuello y los hombros, pícara cosquillea mi espalda, salvaje roza mis húmedos labios.
No crean que siempre he sido tan cuidadosa con mi aspecto, ¡ni mucho menos!, antes, solía vestirme de cualquier manera, llevaba el pelo enmarañado y las uñas roñosas, así era yo, así, hasta el día en que me llamaste.
Hoy hará quince años, una tienda de campaña, un verano sofocante, un embarazo no deseado, una amiga, que inocente se ofreció a ayudarte, un médico sin escrúpulos, un feto que había que hacer desaparecer.
Todavía siento el olor de aquel cuerpecito inmóvil, que mis manos tuvieron que recoger, que mis manos tuvieron que enterrar. Percibo con claridad el olor de mis pies embarrados en aquella placenta esparcida por todo el suelo de la tienda, y mi pelo, ¡Dios lo recuerdo!, grasiento, sudado, apestando a una noche de miedos, de fiebre, de pecado inconfesable, de crimen horrible, inconcebible, imperdonable.
Miro mis manos y me digo, nadie puede decir de lo que fueron capaces, nadie, a veces, ni yo misma puedo creer lo que un día hicieron.
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Desde que nací.
Desde que nací, antes, mucho antes, de ser consciente de mi propia existencia, pusieron frente a mi ídolos a los que adorar. Los años se fueron sucediendo y con ellos los iconos a los que rendir pleitesía, los ritos, los mitos, los tabúes. Pronto fui susceptible de ser tamizado por sabios, por iniciados, cuya única misión en el mundo, es mostrar “el camino”. Sin darme cuenta, sin capacidad de rebelión, sin escape posible, me pusieron en la línea de salida hacia la vida eterna.
Como afortunado viajero, me acomodé en el asiento y, reconfortado por la ignorancia, recité con pasión salmos y alabanzas a quien con tantas gracias me colmaba.
La juventud trajo nuevos dioses, cada vez menos elaborados, más estrafalarios, más fáciles de consumir, pero con la innegable fuerza de la tangibilidad. Hordas de fervientes admiradores clonaban a sus originales deidades, entregándose en cuerpo y alma con la pasión desgarradora de la inocencia.
Crono, implacable, fagocitaba uno tras otro los vellocinos de oro, mientras nuevos repuestos surgían por doquier tras un escenario, una guitarra o un balón de fútbol.
La espídica llama del desenfreno emocional, dejó paso al rescoldo del desengaño.
Tras años de bagaje errático, sin brújula ni planos, con viento en contra y mar embravecida, solté lastre e inicié mi propio camino. Caminé tranquilo, sin apasionarme, pero sin dejar de querer, sin ilusionarme, pero sin perder la esperanza, feliz, disfrutando de lo que veo, de lo que hago, de lo bueno y de lo malo. No me preocupa si me siguen o si voy solo, si están de acuerdo o en contra, si me critican o me aplauden, si lo prohíben o lo imponen, no me importa, de verdad, no me importa. Sólo quiero caminar, nada más.
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Marido y Mujer.
Es hora de volver a casa, debo tener cuidado, reviso mis bolsillos, miro la cartera, cepillo la chaqueta y borro las llamadas del móvil.
Subo al ascensor, mirándome en el espejo, ensayo el gesto de amante esposo, los años me han ayudado a perfeccionarlo, a pulirlo de tal manera, que incluso me siento cómodo en el papel, ¡quién me lo iba a decir!
Abro la puerta y comienzo a gritar “Hola, ya he llegado, ¿dónde estás cariño?”, es la rutina. En breves resonará la esperada respuesta: “Aquí, estoy aquí, ¿cómo has pasado el día?”, pero pasan los segundos y nadie contesta, “Hola” repito, y de nuevo silencio. Inquieto busco, habitación por habitación, pero nadie hay en ellas.
Me digo “algo ha debido pasar”, intento localizarla en el móvil, pero está fuera de cobertura, me refugio en el sofá, sin saber muy bien como actuar. Piensa, piensa, ¡ya sé!, igual está con su amiga Juana, voy a llamarla, Juana contesta, pero no sabe nada, sólo he conseguido preocuparla.
El corazón comienza a palpitar con más fuerza, ¿estará con su madre, o tal vez se ha quedado sin baterías mientras compraba?, llamaré a mi suegra. Tras una breve, e intrascendente conversación, le pregunto por ella, no sabe nada, otro intento fallido.
No soporto no saber dónde está, podía haber dejado una nota o haberme llamado, es lo normal, lo que hace todo el mundo.
De nuevo me reclino en el sofá, piensa, piensa, pero mi mente sólo aporta ridículas soluciones, ya ha pasado más de media hora desde que llegué a casa y ni rastro.
Me levanto, miro por el balcón, la noche es fría, llueve, una pareja camina protegiéndose bajo el plástico protector de un paraguas, ella no está.
El ruido de unas llaves entrando en el bombín de la puerta, me sobresalta, suelto de golpe las cortinas y voy a la entrada. La puerta se abre, es ella, la increpo, “¿dónde estabas, estaba preocupado?”, sólo sonríe, una sonrisa que ilumina su cara, una sonrisa preciosa, que transmite felicidad, sincera.
Vuelvo a preguntarla, pero ni una sola palabra sale de sus labios, la grito, la chillo, ¡responde, por Dios, responde!, ella permanece inmóvil frente a mí, mirándome y sonriendo.
Lloro, no lo entiendo, ¿por qué te comportas así, que te he hecho yo?,¡ responde por lo que más quieras, responde! Ella sigue firme en su actitud.
El sofá me ofrece sus cálidos brazos en los que me recuesto. Entonces, de repente, mi sangre se hiela, mi cabeza se abalanza hacia las rodillas, mis manos la rodean, la agarran como intentado evitar que se despegue del tronco. En ese momento comprendí lo que estaba haciendo, al subir en el ascensor, miró al espejo y ensayó con ahínco la sonrisa de mujer feliz, de esposa confiada, incapaz de dudar de su marido, incapaz de pedir explicaciones, incapaz de pedirlas. En ese momento la miré y sonreí.
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