La puerta de casa se cerró, en medio del imponente salón, me esperaba mi mujer. Su sonrisa me inspiró, cansancio, soledad, incomprensión, vacío, tristeza, infelicidad. A su lado mis tres hijos, junto a sus mujeres y mis nietos, aplaudían con cierta sobriedad, guardando las formas, sin transmitir ningún sentimiento, como si tuvieran que seguir un estricto protocolo.
Francamente no esperaba semejante recibimiento, para mi era el día más triste de mi vida, no estaba para festejos, ni para aguantar las estupideces de mis nueras, ni de mis consentidos e inútiles hijos, ni mucho menos para juguetear con mis mal educados nietos. Sin embargo, y con esfuerzo, hice un gesto de agradecimiento a quienes habían tenido el detalle de rendirme aquel homenaje.
Con nostalgia revisé uno por uno a los que se suponía eran mis seres queridos, no obstante poco o nada recordaba de su infancia o de su adolescencia, no sabía si habían pasado tal o cual enfermedad o si alguna chica les habían roto el corazón. Sólo recuerdo sus fracasos, esos si los recuerdo con precisa exactitud. Veo a Marcos el mayor, dejó los estudios, quiso montar un pequeño bar en una zona de playa, me pidió dinero para hacerlo, desde luego no se lo presté, desde aquel día dejó de hablarme. El mediano se llama Carlos, el alcohol acabó con su prometedora carrera de cirujano, se casó con una asistenta social, viven en un barrio en el que hay que entrar escoltado por la policía. Por último mi hijo pequeño, Antonio, estudiante mediocre, eso si con una fuerza de voluntad inquebrantable, trabaja en una empresa de ingeniería, ocupa un puesto intermedio, nunca llegará a la cima, pero al menos no ha terminado de barrendero como el mayor.
De mis nueras prefiero no hablar, me producen nauseas, son seres inconsistentes, zafios, incultos, me conformaría con que fueran mediocres, pero por desgracia no llegan ni tan siquiera a eso.
Por última vez en mi vida, dejé la cartera a la interna, una cartera que nunca más volvería a portar, me senté en la silla central de la mesa del comedor y recibí un regalo, debía ser como premio a mis más de treinta años de trabajo. Con poco ánimo retiré el papel, no obstante, por un momento incluso me emocioné, esperando algún objeto que despertara mi interés, pero una vez la decepción triunfó por goleada, una triste placa, en la que aquellas sanguijuelas querían inmortalizar mi exclusión forzada del mundo laboral.
Tras una buena cena, las cosas hay que reconocerlas, descorché una botella del mejor champán que tenía, todavía me pregunto porqué cometí semejante estupidez, pero ahora que estaba jubilado podía permitirme todas las estupideces que me vinieran en gana. Por fin el momento de las despedidas y por último mi mujer, en un ataque de locura temporal, hizo intención de acostarse conmigo, a lo que me negué en rotundo, ¡hacía años que no la tocaba, y ahora me viene con estas, que se vaya con su amante o con quien quiera y me deje en paz!
Al día siguiente, la casa estaba en silencio, un silencio agradable, reconfortante, un silencio que pronto se vio roto por mi esposa, sugiriendo ir a casa de Marcos, a cuidar del niño, el plan me espantó y la sugerí que fuera ella, lo único que necesitaba era apreciar el silencio, disfrutar de mi soledad, separarme de todos, alejarlos de mi lado, sólo que ahora no tenía un trabajo que me permitiera hacerlo. En ese instante con horror comprendí lo que significaba para mi la jubilación.